Amante inmovil

Elena Dorfman retrata en una de sus series a personas que han decidido compartir su vida con una de esas muñecas de latex de tamaño real y 50 kilos de peso. Paradójicamente, el sexo no aparece demasiado, menos que otras actividades domésticas, y eso que las muñecas, según su fabricante, tienen tres aberturas practicables. Supongo que el asunto que se presta a filosofar largo y tendido sobre las relaciones humanas, en general, la de los hombres con sus posesiones y objetos, y sobre las relaciones de pareja en particular, pero, francamente, no me siento a la altura.


Las historias que cuenta Dorfman sobre sus modelos son interesantes. Una pareja, por ejemplo, tiene cinco, compradas a instancias de la mujer y mantenidas a escondidas de sus hijos. Los hombres parecen haber realizado el sueño bíblico de crearse una mujer a su gusto (cada modelo esta personalizado, se pueden combinar innumerables caras, bustos...) para poder disfrutar de su compañía sin los peligros inherentes a una Eva descontrolada que en cualquier momento puede alcanzar la manzana y acabar con sus paraísos particulares.

Los que puedan estar interesados en enriquecer su vida con una de estas muñecas, deben visitar Real Doll, la web del fabricante. Se venden solo por Internet,por unos 6.000 dólares. Ofrecen también una versión masculina, para la que no parece haber demasiada demanda: de momento han suspendido la fabricación. Son caras, pero comparadas con el coste de un divorcio, un desengaño amoroso o un par de años de terapia, el precio deja de ser relevante.

Estas muñecas tienen sus problemas, como todos. Andrew Hetherington ha hecho un interesante reportaje sobre Slade Fiero, el único doctor que se ocupa de ellas. Y sus emociones respecto a los pacientes y sus parejas se hacen eco de las que puede sentir cualquier terapeuta: Se indigna con los malos tratos, no soporta a los abusadores, pese a que sean sus mejores clientes y mima a sus muñecas.



Un mundo...

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